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La obra de Mona von Wittlage se desarrolla en la intersección entre la creencia, la vulnerabilidad y la desaparición. En lugar de oponer la ilusión y la verdad, sus pinturas examinan la ilusión como una respuesta funcional a la fragilidad existencial. En series como Illusion Survival Kit, la artista se apropia de culturas visuales marginales —folletos callejeros, promesas vernáculas, retórica comercial— y las transforma en inquietantes retratos del deseo colectivo. Estas obras no ridiculizan la creencia, sino que exponen su necesidad.

En el otro extremo del espectro, la memoria se convierte en la fuerza dominante. Las series Père-Lachaise Monochromatics y Blind o Shadow Paintings desplazan el foco de la proyección a la persistencia. Aquí, el lenguaje formal comedido de von Wittlage rechaza el espectáculo. La luz, la erosión, el tacto y el tiempo se convierten en agentes activos. La memoria no es ni estable ni monumental; es contingente, está amenazada y, por lo tanto, es urgente.

Lo que une a estos conjuntos de obras es su precisión ética. Von Wittlage no estetiza el sufrimiento, ni ofrece consuelo. Sus pinturas funcionan más bien como espacios de atención, donde la ilusión y la memoria se reconocen como mecanismos de supervivencia paralelos, cada uno incompleto, cada uno necesario.

La práctica de von Wittlage puede interpretarse como una investigación sostenida sobre lo que podría denominarse «metafísica cotidiana». Su obra no aborda los sistemas de creencias a nivel doctrinal, sino a nivel de uso. La ilusión, en este sentido, no es una falsa conciencia, sino una ficción adaptativa. En Illusion Survival Kit, la artista demuestra cómo los sujetos de la modernidad tardía externalizan la esperanza a narrativas simplificadas que prometen el dominio sobre el amor, el tiempo y la pérdida.

Por el contrario, la memoria en la obra de von Wittlage está despojada de nostalgia. Las esculturas monocromáticas de tumbas de Père-Lachaise y las figuras luminosas e inestables de Blind o Shadow Paintings se resisten al cierre. La memoria aquí no es preservación, sino fricción, una resistencia contra el borrado total del significado.

Lo que distingue a esta obra dentro de la práctica figurativa contemporánea es su rechazo al exceso. No hay acumulación de imágenes, ni patetismo teatral. En cambio, von Wittlage construye una ética visual de moderación. Sus pinturas no piden ser creídas, piden ser consideradas.